viernes, 24 de abril de 2009

Inventario de células nuevas para una mejor risa



Creo que me sentaré a acariciar el tiempo.
A ver si así deja de fustigarme con su látigo.
He de dejar de implorar perdón por no aprehender
todo lo que una mente es capaz de cotejar.
Sé que cada día mueren a mi paso
pequeños universos que no he alcanzado a ver.
Duele ser portadora de esa dejadez,
saberme culpable de infinitos homicidios negligentes.
No abasto. No abasto. No abasto.
Me entretendré a acariciarte hoy todas las células nuevas
de tu rostro, a provocar tu risa,
esquivando las durezas de las cicatrices que despreciaremos
para siempre.
Puede ser tan simple...
Recuerdo que de niña dejaba comida junto a los hormigueros.

(Imagen extraída de "citywiki.ugr.es")

viernes, 17 de abril de 2009

Su nombre andaba escrito sólo en mi móvil



Su móvil y un cepillo de dientes azul
aprisionados fuertemente en las manos de Isolda,
cada noche,
son su único somnífero.
Isolda, que trabaja doce horas al día,
va al gimnasio y viste con estilo pero a su manera
tiene una crisis nerviosa aguda.
Me han robado el móvil, entiendes?,
y para colmo alguien que limpia en mi casa
ha decidido renovar todos los cepillos de dientes.
Ya sabes qué es eso, no?, tú eres psicólogo,
un profesional, me conoces.
Yo soy fuerte, yo no necesito a nadie,
yo vengo aquí a recargar mi ego, simplemente.
Me puedes decir por qué estoy así, entonces.
Yo soy fuerte, yo no necesito a nadie.
Su nombre andaba escrito sólo en mi móvil.
Su mano me buscaba alguna madrugada,
su cuerpo se acoplaba al mío con esa temperatura
que nos arrastraba al deseable vacío
donde todo se volvía resbaladizo, sensitivo,
moldeable, ojos cerrados que buscaban más allá.
Sin actas de juzgado ni hipotecas o contratos.
Sólo un abrir y cerrar de puertas,
algún dibujo suyo de lo que le inspiró este encuentro
y un cepillo de dientes azul recién estrenado.
Si desapareciéramos ahora, al menos tu adn
le hablaría a algún extraño de que tú has estado aquí,
bromeábamos ante una copa de vino.
Dame algo fuerte para dormir esta noche. Algo fuerte.
Ya sabes que el orfidal no me hace nada.

(Imagen: Aqeung Hatma Mardika)

jueves, 16 de abril de 2009

Tras el cerco



Tu carro del súper no cuadra con el mío.
No sé si es bueno o malo.
Es.
Tengo pesadillas. Ignominias públicas, claro.
Lleno mi cesta de todas las variedades
en oferta de ensaladas, tomates cherry, soja,
pepino, vinagre de módena.
Como si comiendo verde fuera a depurar mi alma
de dudas.
Miro de reojo tu elección: legumbres, ajos, cebollas,
y carne de cerdo, embutidos, panceta,
rosado placer ahumado en la boca.
Difícil mezclar mi carro con el tuyo.
Tu escapada es un bar con pinta de cerveza
y olor a tapa calórica. Ruido y cascada de saludos.
Humo.
La mía, un café aromático con suspiro entrecortado
y meditación ausente.
Dudas.
Y sigues pasando tú primero al abrir una puerta.
Pero, a veces, vienes con cara de sueño
y tu trabajo a la espalda a decirme que me quieres.
No hay vuelta atrás a mi cerco.
Sigo.