viernes, 24 de julio de 2009

Hay que ensuciarse las manos de tierra y volver al bosque de los helechos



Ha dejado de existir Brooklyn.
No miro suspendida desde las cuerdas
del puente. Los transeúentes viajan
ahora por otro universo.
Un chasquido, tal vez el crujido de una rama
que alguien pisaba en Tokio,
me obliga a olfatear en otra dirección.
Así es como se vive con los sentidos
abiertos. Hoy puedo estar ciega
o ver gigantes donde hay molinos de viento.
Pero una yegua con los ojos vendados
es capaz de encontrar la salida
entre el incendio más asfixiante.
Hay que ensuciarse las manos de tierra
y volver al bosque de los helechos.

(Imagen: "Mujer de tierra", de Jateth, en jateth.proyectokalu.com)

martes, 14 de julio de 2009

Río arriba



Por la cuesta, camino del río,
sube una noche azul
que me acompaña.
Río arriba, el agua no pasa.
Peldaños de piedra despiertan
las duricias de mis pies
conectadas a cada cartílago óseo.
Hay brazos, hay piernas,
hay que respirar
forzosamente.
Un golpe en la espalda me haría vomitar
un río de lágrimas fosilizadas
desde la era glaciar de tanto desencuentro.

miércoles, 8 de julio de 2009

Universos paralelos



Todas las bayetas de la casa desprendían el mismo olor a rancio: una mezcla de huevo podrido y leche agria. Pablo recorría las griferías del piso en busca de una "spontex" recién estrenada que le hiciera más llevadera la tarea de limpiar las migas de pan esparcidas por el mármol de la cocina. Tuvo que conformarse con una agujereada toalla, con la que hizo cuatro trapos. Mientras recogía las migajas con la mano, apreció las rugosidades del mármol, toda la suciedad pringada y acumulada a base de semanas de no limpiar. Empezó a rascar frenéticamente y a remojar y escurrir el pedazo de toalla en agua con lejía. Contra más limpiaba, más se percataba de toda la suciedad: salpicaduras de aceite en las baldosas, grasa en el extractor, la vitro totalmente deslucida, los cristales con marcas de agua y de aceite. El corazón le iba a mil por hora. Limpiar era como llenar un pozo sin fondo. Los vapores de tanta lejía estaban empezando a irritarle los ojos y la garganta. Se apresuró a salir de la cocina y cerró la puerta para respirar aire puro. De dónde habrían salido todas esas pelusillas que se encorrían por el pasillo y saltaban a su paso. Pablo lloraba.

(Foto en: www.javiroces.es)