martes, 20 de octubre de 2009

Aldeas prestadas



Alfredo se llamaba. Y olía al pan que se cocía en su tahona. Existió un pajar donde su boca me pareció la más cálida en un pueblo que nunca fue el mío. Siempre he habitado aldeas prestadas. Todo estaba por hacer entonces. Y mis oídos se llenaban de las voces de mis abuelas, mis tías, mi madre. Desconocedores, aún, del vacío al que estaban abocados. Hay espíritus viejos que ya lo sabían. Y que hoy caminan por la calle con la sonrisa serena del que sabe vivir a golpe de momentos.

6 comentarios:

Trini dijo...

Es que hay espíritus que, si no lo saben, lo presienten...

Bella prosa, Carlota.

Abrazos

Anabel dijo...

Arrastras la poesía a la prosa con cuerdas de seda.

Bello.

Gracias por participar.

Un beso,

Anabel, la Cuentista

thoti dijo...

.. me gustó el ambiente y el olor de tu relato..

.. un beso, Carlota, desde mis colinas..

Caminante dijo...

No creo que los oídos tengan que estar poblados de vacío, no necesariamente, al menos mientras sigan existiendo esos momentos.

Besos.

luisa dijo...

Dices tanto en tan poco… El olor del pan recién hecho nos lleva hasta la tahona de nuestra memoria. Las pulsiones de la piedra claman ser habitadas por almas y por niños que rían y jueguen por sus calles aletargadas. Las aldeas quieren ser algo más que recuerdos. Quieren volver a vivir.

Precioso, Carlota.

Un beso.

Tesa dijo...

Con retraso me pongo a transintar entre tus versos, y me engancho a ellos y se me pasa el rato, imagino, veo , presiento, me emociono...

... y casi me olvido de decirte que tienes la sensibilidad en expansión, que dejes que fluya.

Me ha encantado pasarme por aquí. Me gusta mucho cómo escribes.

Un beso,