jueves, 28 de enero de 2010

Ninguneando el paisaje



Comíamos cada día.
Los meses pasaban ligeros.
Ventilador y calefacción,
chancletas y botas aislantes,
jarras de agua helada y cafés hirviendo.
Horas de oficina que no dejaban rastro
en las manos ni en el alma. Si acaso
alguna cervical desencajada. Nada grave.
No se abría la tierra ni los cuerpos
se desangraban mientras nos cegaba
el polvo, el ruido, el olor del miedo.
Caos. Y luego un silencio atronador.
El amor, créeme, lo era todo.
Pero no supimos verlo.

(Foto de juanjo jiménez)