miércoles, 7 de julio de 2010

Relato para una colección de palabras nunca usadas, como la fe



El año siete amenazaba con arrasar todas las hormonas. Si no pasaba pronto, ella se convertiría en un vegetal. La contemplación del sol no la llevaba al almacén de la memoria donde un día fue niña en una playa, en un río, en la fuente fría de un pueblo que olía a leña. Sólo visualizaba lagartijas y mojamas resecas y rancias. Hasta las palabras se pronunciaban sin saliva y eran escasas. Aunque su capacidad de atención y comprensión verbal y escrita no se había resentido, es cierto que andaban a ralentí. Como cuando dormitaba a media tarde y sentía una pena profunda por belenesteban, cuya voz le perforaba el tímpano pese a sonar como un eco lejano, y se preguntaba en su duermevela cómo esa mujer no veía que la empresa que le pagaba era lo mismo que un proxeneta para su puta. Y es que ya se sabe que hay quien jode sin joder. Y mientras su mente se perdía en divagaciones absurdas, se olvidaba de lo que de verdad le dolía. Era consciente de que su familia arrastraba un karma de culpa que había traspasado generaciones. Y allí estaba ella mirando a sus hijos y viendo impotente y exhausta cómo se repetía la secuencia. El siete anunciaba un profundo crecimiento personal que ella asumía con escepticismo y apatía porque ya en los inicios supo cómo había de acabar de todo. Un mensaje claro y rotundo que la cría de seis años apenas percibió. A fin de cuentas su primer muerto fue su padre.

9 comentarios:

josefina dijo...

Uffffffff..........Precioso
Besos mil

Tris-ynarud dijo...

La fe, es intima y privada, y como tal, existe cuando uno quiere… este relato está lleno de fuerza, escrito con palabras gritadas al viento silencioso de nuestra privada fe.

M’agrada’t molt xicoteta.

;)

Mos dijo...

Es difícil usar la palabra fe.
Y más en nuestros días donde, según se mire y quién mire, casi todo rezuma hastío y superficialidad. Malos tiempos para la lírica.
Efectivamente, hay ciertas palabras que andan en el baúl del olvido.
Sorprendente y apreciado regreso.
Un abrazo de Mos desde fuera de mi orilla.

Tomás Mielke dijo...

a veces, dicen, la fe mueve montañas aunque no sé si será cierta pero el texto 7 siete, tan mágico y ... no sé cómo decirlo

genial

un abrazo

Darilea dijo...

La fe predispone las ganas para que las cosas fluyan, aunque hay siempre quién lanza dagas para hacer más dificl el ascenso a esa montaña.
Un besito, y precioso texto

Pescador dijo...

Hay fe en tus letras cada vez más.....Un abrazo fraterno.

Luisa dijo...

El karma es algo contra lo que no se puede luchar. Arrastrarlo generaciones, es como asumirlo. El carácter mágico del número siete adquiere aquí su protagonismo. Si la niña tiene seis y ya tiene un muerto a cuestas, qué pasará cuando cumpla siete…

Me ha gustado, Carlota. Tiene ese revoque al pasado y cierto poso nostálgico que a veces nos asalta sin saber muy bien hacia dónde nos lleva, sólo somos conscientes de lo que nos deja.

Un beso muy fuerte.

josé luis cervera dijo...

Se recomienda, dicen, para la cura del pasado, el indagar precisamente en él, y después, asumirlo, y entender que no existe culpa en nosotros por aquello que hicieron, pongamos por caso, nuestros padres. Ellos son ellos y nosotros, nosotros.

Un abrazo.

Anabel dijo...

El ciclo del siete, de la mala y buena suerte...

Fe. Palabra exígua y tan preñada...

Como una madre con seis hijos, como una novicia, como un enamorado...

Que me pierdo, que me pierdo.

Besos,


Anabel, la Cuentista