sábado, 23 de octubre de 2010

Aquí estamos para mojar la piel en una taza de lengua


Me has acariciado el pelo.
No había un plan trazado
pero las manos viajan en primera,
abriendo botellines de vodka y bourbon,
les gusta oír la risa
del que ha tocado fondo,
ahora queda subir.
Y en el vuelo tropiezan los pedazos
que importan: las manos,
la boca puerta de los seres
que de verdad somos,
los ojos de diamante.
Tenemos que dejar de tomar soma,
verter el amor en los conductos
que fueron el origen.
El material aséptico sólo lleva a la náusea.

(Imagen de Antonio López, "el beso")

miércoles, 13 de octubre de 2010

Sinopsis de una historia que nunca tendrá epílogo porque la memoria detiene la acción



Subía la cuesta con las extremidades congeladas pese a los guantes, el pasamontañas azul marino y los leotardos hasta el ombligo bajo el uniforme grisquepicatodoelaño de falda tableada. Todas las mañanas la misma sensación de desamparo, las náuseas con la leche subiendo y bajando en el estómago. El no plantearse nada, sólo sentir que no era divertido, que el invierno era muy largo y gris. Y que la vida era de los otros. Esos que habían nacido con la sonrisa en los labios y que se movían con un desparpajo que ella no podía alcanzar. Con el pasar de los años iría adjetivando la sensación de frío y dolor perpetuos: el sinsentido de una vida en la que hubiera necesitado tanto cobijo... Más tarde el transcurrir diario se disfrazó de normalidad, de ir pasando páginas de un guión que ella no escribía pero aceptaba. La calefacción producía un efecto placebo que de momento le servía. Hasta hoy. Y eso que el cambio climático había hecho desaparecer las estalactitas de los tejados. Y que las mercerías habían dejado de vender guantes de lana y verdugos.
Pese a todo, hoy ha vuelto a sentir el mismo frío.

(Ilustración de María José Olavarría, en cotepinta.blogspot.com)

viernes, 8 de octubre de 2010

Abrazada a un bote de mermelada de cereza


Debe de haber alguna relación entre la sabiduría y la mermelada. O entre la sensibilidad artística, vital, la no siempre adquirida capacidad de apreciar lo sencillo y natural. El don de la degustación pausada y placentera. A Juanjo le gustaba reunirse con sus amigas alguna tarde de otoño para preparar a fuego lento mermelada de higos. Lo mismo le ocurre a Antoni. Prepara el dulce y pegajoso manjar en compañía de alguna compañera de cierta edad. Ambos tienen en común que son artistas. La pintura, la fotografía, los grabados... son parte esencial en sus vidas.
Luego está mi otro punto de referencia. Recuerdo la hilera de botes de conserva de mermelada de ciruela, melocotón, albaricoque y manzana en casa de mi abuela. Para ella era algo cotidiano y un acto repetitivo cada temporada. Y desde que ella murió, no había vuelto a aparecer en casa otra mermelada casera. Hasta que se ha jubilado mi madre. Y sus fines de semana en el pueblo, el contacto con alguna vecina, la han llevado a subirse al carro de la confitura. Ella que ha sido tan urbanita, tan ocupada y estresada hasta hace unos escasos tres años.
Y a mí me ha dado por pensar que no entiendo muchas cosas porque no me he puesto nunca a hacer mermelada. Y es que creo que todavía no es el momento. Porque no soy ni artista ni mujer que pueda pararse, todavía, a mirar atrás y coger aire.
Pero sí sé que desde siempre me ha atraído la textura, el aroma y el sabor de toda clase de confituras. Y el dulce de membrillo en otoño. Eso me debe hacer algo más cercana e interesada en encontrar tantas respuestas...
Y así estoy hoy. Abrazada a un bote de mermelada de cereza que me regaló un amante de la agricultura ecológica en una feria medieval de primavera.

(Ilustración de Laura Michell)