viernes, 26 de noviembre de 2010

Las palabras son el torpe murmullo que distorsiona lo que somos


"En el oscuro abismo en que te meces, 
en el oscuro abismo en que me mezco".
(Manolo García)

Me gustaría jugar contigo a estar.
Vestirme de pintalabios
-porque sólo miraríamos las bocas
que no hablarían, eso lo harían
los ojos.
Aniquilar las preguntas. Abortarlas.
A fin de cuentas, nos iremos igual
sin lo puesto, sólo con la voz que nos habla
cuando estamos solos.
Jugar contigo a estar desnuda
y que no importe más que el tacto expectante
en lo que todavía no conozcamos.
Faltará poco para que seamos viejos
amantes.
Jugar contigo a estar desnuda suspendida en el tiempo.
Porque eso es lo que pasa cuando cabalgan los cuerpos.
No lo notas en el corazón, que parece que encadena
pequeñas arritmias que aceleran el deseo?
Lo que sientas al tocarme es lo que soy. Por eso
no me quedaré a escupir palabras que distorsionen
los gemidos. Sólo ellos hablan realmente de mí.
Luego desmaquillaré los labios y entre la multitud
jamás podrás reconocerme.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Alguien que lleva mi nombre circula entre la hora tercia y las laudes

Imagen de Pulo, en http://loscuatroelementos.wordpress.com

Robert Mitchum (voz en off): "Nunca la vi a la luz del día. Vivíamos por la noche. El resto del día se iba como un paquete de cigarrillos que te fumaras". Retorno al pasado (1947), de Jacques Tourneur.
                                                                            

Nunca te vi a la luz del día.
Sin otros ojos que mi risa y las manos que te conocían
y los caldos rojos del Duero mezclados a las puertas
donde no acudían palabras porque estaban llenas
de vida.
El agua y la maldición de jabones y perfumes
aniquilaban tu rastro como si nunca hubieras sido.
Aborrezco esa cordura que me aleja de ti. El regreso al paritorio
donde el talco de la prudencia caló en mi primer suspiro.
La noche me parece una película de cine negro.

Y luego rompe el alba.
Pero nunca me acuerdo de lo que dan entre medio.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Sueños cruzados

Ilustración de Roger Olmos
















He soñado que sabía abrir latas de pollo con pavo. Que no había polilla de la luz que se me resistiera. Y he visto el espíritu de mi abuela en camisón vagando por el pasillo. Mi lengua alcanzaba justo el centro de la espalda donde siempre me pica. Y todo podía oírlo amplificado, hasta la más leve brisa que espiaba en la ventana. Por fin he sabido de dónde venía el olor a chamuscado que percibía a veces en el comedor. Un cable viejo de la tele que resistía el paso del tiempo detrás del mueble. Pero la visión más sorprendente ha sido al despertarme y ver a mi gato reír entre sueños, con esa risa tonta que me pilla siempre cuando tengo un orgasmo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Los puntos suspensivos andan envueltos en papel de regalo

"Alicia tras el espejo III", tinta china. De javierazulmar.blogspot.com


















Los puntos suspensivos tienen goteras y los charcos
son el espejo cárcel de los sueños incumplidos.
El corazón que ahora vive en un globo aerostático
guarda quemaduras del día que anduvo al otro lado.
La piel fue asfalto y alquitrán negro
donde exterminar al narrador omnisciente.
Desde entonces el silencio lleva collarín y las butacas
están numeradas en todas las sesiones.
Todo estaba escrito. Menos los puntos suspensivos.

martes, 9 de noviembre de 2010

"No era lluny ni difícil"

El nuevo poemario de Joan Margarit se titula "No era lluny ni difícil". Por lo que he leído en prensa y por alguna entrevista que se le ha hecho, me apetece mucho hacerme con un ejemplar y saborearlo. Javier Díaz nos presentaba en su blog el Epílogo que escribe Margarit en relación con el libro.
Como Javier, yo también lo copio aquí con la intención de que sus palabras se divulguen el máximo posible.

Ilustración de Carina Juan

Confieso que lo que a mí me llama la atención es su reflexión sobre sentimientos universales con los que todos en algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar. No tengo la edad de Margarit, pero hace tiempo que le doy vueltas a esos conceptos sobre los que él arroja, creo yo, cierta sabiduría: el miedo como ausencia de amor, la lucidez, la inteligencia, la dignidad...

Y creo que el poeta es muy afortunado porque ha encontrado la manera de no caer en el pozo del miedo y la soledad  y, por tanto, de dar amor a través de la poesia.

Epílogo

Por Joan Margarit

No estaba lejos, no era difícil. Ya está aquí este tiempo, que no es el mío, en el que vivo con una mezcla agridulce de proximidad y distancia. Siento como el entorno se me va haciendo extraño. Ya no reconozco algunos valores y conductas que hoy son habituales. Cambian demasiado aprisa los paisajes. No, este tiempo no es el mío, pero es ahora cuando, en gran parte gracias a la poesía, siento una alegría tranquila que años atrás desconocía. No estaba lejos esta edad donde nadie duda en considerarme un viejo, aunque siempre con unas precauciones que me hacen sonreír, ya que son debidas a la absurda mala prensa que tiene esta palabra, sobre todo cuando es un sustantivo. Tampoco era difícil hacerme cargo con naturalidad, con complacencia incluso, de algunos sentimientos de los que la juventud suele hacer esfuerzos para alejarse o defenderse. La soledad y la tristeza, por ejemplo. Pienso que la asunción de estos sentimientos es como un mecanismo de relojería que la vida va activando para situar a la muerte en un horizonte familiar. He entendido las respuestas más peligrosas que la proximidad de la muerte puede generar y que se sitúan entre dos extremos: la desesperación y la huida hacia adelante, es decir, la sumisión a valores de la juventud. Por lo tanto, también, una forma de desesperación. Equidistante, está la lucidez, el paso previo a la dignidad. Y la admiración, el umbral del amor, como la alternativa a la queja y el desprecio.
Estos últimos años me he dado cuenta de que, a la vez que va disminuyendo la capacidad de aprendizaje, hace su aparición, como contrapunto, otra capacidad que acabará por ser la más importante: la de utilizar hasta el límite, para la exploración de nuevos territorios intelectuales y sentimentales, todo lo que se ha aprendido a lo largo de la vida. De esta manera también puede alcanzarse la lucidez necesaria para comprender el miedo. Pero esta nueva capacidad también depende de cómo ha sido el desarrollo personal hasta entonces. No hay manera de evitar una cierta irreversibilidad de la situación. Esto es lo que hace que esta etapa última pueda ser la más profunda, pero también la más banal, de la vida de una persona.
El miedo no es más que la falta de amor, un pozo que tratamos de llenar inútilmente con las cosas más variadas, en una acción directa, sin sutilezas, que no se acaba nunca, porque el pozo siempre está igual de vacío y oscuro. Cuando no se entiende el miedo, no se puede intentar nada más que esta acción sin matices, que es la del egoísmo, porque no puede tener en cuenta nada más que, sin saber de donde procede, rellenar el propio vacío. Entonces, el amor quizá no está lejos, pero es difícil. Hay que volver al tiempo antes del pozo, saber cómo y cuándo comenzó a cavarse. A mi edad esto es ineludible. A la sustitución del miedo por la lucidez, la llamo dignidad. Entonces es cuando resulta que el amor no estaba lejos ni era difícil.
La palabra <> viene del latín dignus, <>, y este significado evoluciona hacia los más complejos de 'merecedor de respeto' y, más aún, el de 'respeto por sí mismo', que es el significado que me interesa. Esta dignidad que es respeto por uno mismo conduce al amor, el cual se adentra a la vez por la inteligencia, el sentimiento y la sensualidad, que sucede dentro de cada uno y que sólo tiene que ver circunstancialmente con las actividades públicas de dedicación a los más necesitados, acciones que pertenecen siempre, de una manera explícita o implícita, al territorio de la política.
Amar es lo bastante complejo como para necesitar de todas las herramientas y maestrías que pusimos a punto en la época del aprendizaje. No he encontrado mejor manera de amar a los demás que el ejercicio de la poesía, unas veces como lector y otras como poeta -he dicho en muchas ocasiones que para mí las dos opciones son lo mismo-, y poniendo, tanto en la composición como en la interpretación de un poema, la misma honestidad que desearía y procuro practicar en cualquier aspecto de la vida civil y de la vida íntima. Pienso que este planteamiento es posible porque la poesía tiene la intensidad de la verdad. Lo que un poeta es, eso serán sus poemas: y no hay nadie más difícil de engañar que los buenos lectores de poesía. Al fin y al cabo una persona culta es la que sabe distinguir entre Chuangtsé y un gurú de cantantes famosos, entre una obra de Montaigne y un libro de autoayuda. No hay ni un solo buen poema en el que su autor no se haya involucrado de alguna manera hasta el fondo. Esto es lo que lo convierte en un acto de amor. Somebody loves us all ("Alguien nos ama a todos"), como dice el gran verso final del poema "Filling Station" ("Estación de servicio"), de Elizabeth Bishop.
En medio de todo esto, la poesía que más sigue interesándome se mueve en un territorio que yo llamaría sensato, evitando, en su relación con el misterio, los dos extremos en los que la falacia de la originalidad siempre intenta arrinconarla. Por un lado está la devaluación del misterio, que ha convertido ya a una parte de las artes plásticas y de la música contemporáneas en algo ajeno al riesgo y a la emoción y, por tanto, a la verdad. El otro extremo consiste en enfatizarlo de una manera exagerada, es decir, ignorar que hasta el misterio, o más que nada el misterio, debe ser tratado con sensatez. Que se desconozca el sentido o la explicación de algo, no implica que sea aceptable cualquier explicación, por descabellada que sea. La poesía, a pesar de su exactitud y concisión, no puede ser nunca un atajo.
Mi tiempo ha huido y me ha dejado solo en otro tiempo, pero mi soledad es una soledad de lujo. Me hace pensar en el exilio final de Maquiavelo en el mundo rural de su infancia, en aquellas tabernas donde, como explica en sus memorias, sólo hablaba con los rudos e incultos campesinos. Pero por la noche ponía una gran mesa con los mejores y más finos manteles, vajillas y cristalerías, que había traído de Florencia, y cenaba y conversaba con los sabios de la Antigüedad.
Por lo que a mí respecta, en este otro exilio que es, por su propia naturaleza, la etapa final -larga o corta- de la vida, siento que yo soy mi propio interlocutor. Ahora, ya no se está a tiempo de improvisar, debo haber hablado ya, desde hace mucho tiempo, con los sabios antiguos o modernos para que, efectivamente, y en muchas ocasiones a través de mis propios poemas, pueda reencontrarme conmigo mismo en el territorio de la dignidad. La dignidad de no asustarme de mi destino.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Susurra el pensamiento para no gastar en exceso la existencia
















El alemán patilargo habla de Gibran
-collige virgo rosas, me gustan tus ojos,
qué obra de arte tu sonrisa-
y me ha venido olor de aceite de feria.
Primero he mostrado quién soy
y luego he sentido un frío...
Dice verdades este Gulliver salido de su cuento
pero Campanilla ya no pacta con piratas.
La vida no es. La vida está.
Me ha dado por acariciar los labios
y he oído una música planetaria alargada
en el tiempo que es ahora.
No quiero pensar porque si no existiría
demasiado.

(Autoría imagen: alexandra compaintissier -- internet )