miércoles, 13 de julio de 2011

No todas las muertes tienen una lápida donde escribir los epitafios

Fotografía de Geles Mit





















 No hay madres perfectas.
Rescatamos los signos que nos miden,
las frases que nos hablan;
se van quedando atrás 
la leche, los deberes,
las luchas enconadas de nuestra adolescencia.
Nada compensa ya los desencuentros,
no hay posible perdón de las injurias.
Quedan algún refrán,
la forma de los ojos, el carácter.
(Fragmento del poema Maternidad, de J.L. Calbarro)

He puesto colores en la maleta.
Intento que sea ligera, como mis pasos
agradecidos por la ausencia de dolor,
no hay excusa para no ver el paisaje.
Colores para sonreír así a las montañas
que se acerquen. Y a la señora que me ofrece
una manzana que restriega en el borde de su falda.
El traqueteo del tren suele ajustarme el cerebro
y me resulta fácil acariciar lo que leo,
y toda la vida que pasa ante mis ojos: mi compañera
de asiento, que puntúa en mi oído a los hombres
que pasan por el pasillo como si fuéramos cómplices
desde la infancia, y no dos números que un programa de renfe
ha unido por unas horas.
En el límite de lo conocido, sin despedirse siquiera con la mano,
se difumina todo lo que ha sido: el hombre que se ha tragado
la mirada melancólica de un niño moreno y ya muerto.
Mis pechos han dejado de dar leche.
Los pronombres posesivos se clavan como un puñal
por debajo del ombligo y se disuelven en los ácidos fluidos.
La casa. El hombre. Un niño que se fue. Maneras de nombrar
lo único que creen ver los ojos rasgados de esta cara,
antes ventanas redondas, mando a distancia de las manos-pronombre
de esto es mío. Estadios. Ilusiones.
No todas las muertes tienen una lápida donde escribir los epitafios.