domingo, 29 de enero de 2012

El deambular de estos días tan llenos de esquinas

"Escuchando blues", de Astrid Garrobo























Mire donde mire
los hombres que me sonríen
suben montañas y esperan de mí,
qué sé yo, el pacto de la sangre
de cuando éramos niños,
días de vino y de rosas,
qué sé yo.
Los hombres que me sonríen
suelen ser sabios, yo les miro,
admiro su sombra que ya sé difuminada.
Mis mujeres siempre tienen ojos
columpio que acarician el deambular
de estos días tan llenos de esquinas.
Columpio y manos garra
que atrapan y me sujetan,
benditas mujeres diamante,
que guardan en un cofre
todos los abrazos que suplico.

lunes, 23 de enero de 2012

Un día querré abrazar apretujando como lo hace mi madre



















Todo empezará el día en que no tenga ya horizonte.
Sabré abrazar entonces sin palabras, besar besos
que leen y escriben , no besos al aire de señora
de modales finos aunque le huela el aliento a hipocresía.
Parecerá que empiezan las horas a cantarme al oído
lo que tantos años anduve buscando. No importará
que nada esté acabado porque nada ha de acabar
aunque todo termine.
Habré entendido.
Recogeré tus ojos y tus labios sin preguntar
-como hice tantas veces, insistente hada soprano-
dónde irán a parar todos los minutos que hablamos
palabras, mientras la vida se ríe de nosotros,
disfrazada de mujer de vida alegre, vestida de rojo,
con orgullo de carne abierta y madura, y con la mirada
compasiva, no sin esperanza todavía de desnudarnos
a gritos y empujones en el centro comercial de los no vivos.

jueves, 12 de enero de 2012

La silla

Blancanieves Ferrer tenía esa mañana un herpes en la comisura de los labios. Justo al lado de la cicatriz que marcaba la edad de su hijo. No parecía importarle a nadie. Cuando se activa el instinto desaparecen todos los miedos. La consulta del doctor Guerrero aparecía esa semana infestada de picores en las pollas del vecindario. Cuánto une la tranca. Ella no distingue entre un empresario mafioso o un funcionario marchito, pasando por el electricista o el experto en colas de los servicios sociales. Blancanieves unía voluntades. Al menos una: la de vaciarse en los adentros. Como una forma de protesta o un eructo galáctico, interestelar. No dejaba de sorprenderle la variedad de sonidos con los que sus donantes de billetes expulsaban a sus respectivos renacuajos -a veces cuajados- microscópicos. Por eso los habituales tenían sus motes, en relación con su personal canción del corrido: el lobo, la ardilla, el mudo, el asmático, el generoso, el piadoso, el blasfemo. Blancanieves guardaba también uno para sí misma: la diputada. Solo recordaba una vez en que, tras el paseo entre los helechos (hay que ver la estrecha relación que mantenía con el hábitat natural en el que despachaba -unas veces más a gusto que otras), le habían robado la silla. Fue el día en que decidió cambiar el blanco de plástico inicial por el rojo de hierro que estaba entonces de oferta en Carrefour y que el tiempo había llenado de óxido. Por eso ella tomaba densia de danone y mucha lecitina de soja.