viernes, 28 de septiembre de 2012

Algo de locura habrá de quedarse para poder vivir en mi sano juicio

Imagen de Andrés Hernández


























"Y así, del mucho leer y poco dormir 
se le secó el cerebro, 
de manera que vino a perder el juicio".
Fragmento del Quijote

Acabado el ciclo de la piel
con el verano,
diáfano el instinto meciéndose en mi soledad,
con las paredes renovadas, como para darme impulso,
afronto el sabor de la sal en las mejillas,
cada vez más contenida -la sal-, a fuerza de conocer
los mecanismos recurrentes de lo que soy
o acaso el molde en el que mi ser se concentra.
Siempre buscando resoluciones, finales, conclusiones,
-archivos-
este ser que vive en mí, tal vez yo,
va concediendo espacio a las transiciones.
No sin dolor de tuétano. No sin muerte
a cada paso.
Cada vez soy menos la yo que me sentía.
Cada vez soy más la yo desconocida.
Suena un violín del Far-West y mis piernas
bailan solas, las manos en la espalda,
los labios silbando porque, irremediablemente,
-o afortunada-
voy perdiendo el juicio.

martes, 25 de septiembre de 2012

No es más cierto el miedo que la existencia de un árbol que baila






















Esta ilustración es de Brian M. Viveros y le encantaría a mi amiga Le. Va por ti.
Pero al texto -y tal vez a mí- nos pega más esta de Milk:






















Van pasando árboles porque ya no hay postes de la luz.
Árboles, el mismo árbol, un árbol, el árbol.
Que se dobla hacia la derecha. Árbol doblado.
Pero muy suavemente, con gracilidad. Árbol que baila.
A mi lado un hombre huele a ajo, a sudor. A miedo.
A qué puede temerle un hombre así, al que se le marcan las venas,
un hombre de labios finos, sonrisa invisible, barba cerrada
y ropa de hombre como cuando yo era pequeña.
Hay hombres así, como venidos de atrás, a los que imagino
haciendo cosas serias. Y oliendo a sudor. Y luego están los hombres
como el que me mira enfrente. Con el alma cargada.
Antes recogía todas las señales. Ahora estudio cómo transmitir las mías.
Mientras tanto, cuento árboles que bailan, y recibo este otoño
agradecida, deseosa de sumergirme en su cálida hojarasca.

sábado, 1 de septiembre de 2012

De cómo menos es más y de la importancia de desprenderse de los objetos que ya nunca miras ni tocas

El río Neckar a su paso por Heilbronn






















Cada vez vuelvo menos cuando acaba el verano.
Voy dejando partes de mí en los ríos de otras ciudades
malditas donde alguna niebla marcará el carácter de las sombras.
Son las partes que sobran, las que ya no reciclo.
Vuelvo, como últimamente, más humilde, más con los ojos húmedos,
más con la certeza de la incertidumbre, de la vida camino, libro abierto,
corazón como única guía en lo importante.
Vuelvo satisfecha de no pretender que todo cuadre.
Vuelvo con la caricia en las pestañas para quien quiera verla.
Tú sabes que hay amor. Yo sé que me ves cuando me miras.
Y lo demás es el camino. El tuyo. El mío. Y practicar lo cotidiano.
Siempre hay dados en el aire, cayendo, y en reposo. Todo a la vez.
Habremos de seguir desguazando lo inservible. Será suficiente al final
con nuestras risas y los pies descalzos.
Quizá como para Votg e Hildegunde*, la vida cercana nos será vetada.
Tú serás más sabio y yo, por contra, no haré caso de leyendas medievales:
como tú, intentaré aprender, no me quedaré quieta más que para coger impulso.
No sabemos aún lo afortunados que somos.


(*Leyenda de Votg e Hildegunde, en Heilbronn)