domingo, 28 de octubre de 2012

Protesto con una sobredosis de vaho por encima de tanta indiferencia

"Indiferencia", de Noemí Gómez, en fotocommunity















Lo que tiene el hielo es que resbala.
Para bien y para mal la materia, que puede ser tu bota
o un pie descalzo, o un fruto que abandona la rama seca,
inicia un movimiento imprevisible.
Y es frío. Y mojado. Y moja. Y enfría. Y empuja.
Puede ser que te enojes o hasta que te cabrees
al abandonar tu verticalidad seria y controlada.
El hielo está ahí para darte la oportunidad
de descubrirte bailarín, equilibrista, payaso. Imperfecta.
Creativa.
Por los poros de la piel se desliza el vaho que fabrican los huesos.
Soy una mujer chimenea y alguien puede creer que huele a chamuscado.
Nada más lejos. Como digo es vaho,
no humo de ceniza.

domingo, 21 de octubre de 2012

NA DU

"A todas las niñas valientes que salen a buscar lo que quieren", de la serie Miradas de Nicoletta


























"Nada está perdido si se tiene el valor 
de proclamar que todo está perdido
 y hay que empezar de nuevo". 
De la novela Rayuela, de Julio Cortázar

La otra cara del desencanto pasea por Heilbronn, una ciudad mediana, verde y cuidada del suroeste de Alemania. Debe de andar con su saxo por la frondosa orilla del río, con los huesos húmedos y el estado de ánimo tendente a la explosión irascible. Ella recuerda su pelo rojizo, su verborrea nerviosa a veces y su aparente frialdad. Son ahora mismo, en octubre, las dos caras de una misma moneda: dos almas sensibles que tienden al aislamiento porque su inteligencia se topa con la barrera del exceso de emotividad. "Na Du", le increpa él en algún whatsapp, "¿cómo estás, mi alma?". El germano no puede esconder sus ocho años de residencia en Andalucía. Siempre le habla con nostalgia de aquella época. De cómo le enamoró la alegría de vivir de España, de la cual carecen sus paisanos, según él, y repite hasta la saciedad que el problema que tenemos ahora los españoles es que, a finales de los ochenta, pasamos de ser pobres a tener en exceso y a entrar en el consumismo. Allí empezó el fin de la alegría. Cuando se empieza a poseer, viene el egoísmo, la desconfianza y, sobre todo, el enclaustramiento. "Y así es como estáis ahora en España: sumergidos en la tristeza. Y yo eso ya lo tenía en mi país", recuerda.
El alemán patilargo y la catalana menuda, más que conocerse, se reconocieron un octubre de hace dos años. Identificaron su singular manera de dolerse de la soledad y de sentirse ajenos a casi todo. Con eso es fácil compartir un año de amor, seis meses de deseo. La catalana menuda ha vuelto a encerrarse en su concha porque su historial amoroso va en aumento y siempre, después del último, cuestiona su capacidad de simplemente vivir. De simplemente levantarse y dejar de sentirse culpable. Aunque le queda el consuelo de que todos sus ex le envían e-mails o whatsapps y le hacen partícipe de sus sentires. Eso mitiga algo el desencanto. Pero en las tardes de domingo, la catalana menuda maldice su buen talante y maldice también el paso del tiempo porque, de camino a los cincuenta, nota como el óvalo de su cara ha dejado de ser firme y eso no hay crema reafirmante que lo solucione. A partir de los 45 tienes que aprender a vivir con tu papada, con los pliegues de los codos, con la grasa del abdomen. Pero eso no le importaría, a la catalana menuda, si hubiera alguien que muriera por ella, como en la canción de Sabina. Pero morir como muere Antonio Banderas por Eusebio Poncela en la La ley del deseo de Almodóvar. ¡Y es que está muy loco, hostia! Porque el deseo, ese carrusel en el que te subes sin acordarte de tu fecha de nacimiento, se convierte entonces en la mejor crema reafirmante y en el más mágico de los antidepresivos.
El alemán histriónico sonríe pensativo a orillas del río Neckar recordando lo que solía decirle a su chiquinina catalana: "¡Ay, mi alma!, a ti lo que te hace falta es un buen tripi. Con eso te darías cuenta de muchas cosas, verías con claridad lo invisible y lo único importante que ahora, desde la oscuridad, te aprieta en el corazón".
"Na Du (¿qué tú?)", le escribe la catalana menuda otro lunes gris y pesado como una tonelada de cemento.

jueves, 11 de octubre de 2012

No puedo ser María Magdalena y sostener a la vez con furia una piedra entre las manos

Obra de Claire Streetart





















"Veo el océano desde mi ventana,
está muy aburrido,
hoy no hay ballenas
ni olas de marea".
(Fragmento de poema de La energía de los esclavos, Leonard Cohen)
Llegaba a ti, como hoy, huyendo
de lo ingrata que soy ante la vida.
En los días que eran nuestros ansiaba la pérdida
entre tus brazos, retorcerme y abandonarme
como en el sueño de esta noche que condena
la maldita mañana y los pies arrastrados
a desperdiciar instantes, abortos de sonrisas
que son bofetadas incomprensibles en los rostros
desconocidos con los que comparto espacio.
No sabía del deseo, aspiraba a elevaciones místicas.
Y ahora intuyo que todo empieza en la piel,
que todo acaba también con la carne dormida
o malherida. Esta noche mi boca ha tenido un déjà vu
y he sentido en los labios sabor a mar, a sangre,
a todo lo que ya me había perdonado y ahora resucita.

lunes, 8 de octubre de 2012

Ending summer



"Aunque solo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe".
(Del poema No decía palabras, de Luis Cernuda).

Cómo se recompone una cuando se queda estancada en una frase.
Sigo teniendo hambre de eternidad y, pese a todo,
volvería -volveré- a sentir el vértigo de la caída.
Justo ahora un sms me propone preparar mi vehículo para el frío.
Qué ironía, podrían comprobar mi batería gratuitamente en octubre
porque creo que en enero voy a tener el corazón helado.
Ending summer.
Son estas transiciones las que dejan escarcha en el abdomen.
Nunca confía una, a pesar de la experiencia, en que hay asfalto
al volver la curva más cerrada a la derecha.
Bajo los surcos de la frente, la permanente contrariedad de cada fin
y cada inicio, está también la penetrante y oscura mirada.
No me deshago aún de este verano, lo arrastro en esta mezcla
de botas y minifalda y de melocotón tardío que enjuaga las caricias
perdidas en una playa de octubre. La mejor playa, el más azul
de los mares.
Se me hace extraño dejar allí al interlocutor con el que jugaba
a estar viva. Coger de nuevo el punto de vista impersonal,
las generalizaciones, el bostezo al inicio de todos los poemas.
Volveré al precipicio donde dos manos sujetarán los sueños,
las promesas que incubo, cálidamente desoyendo al frío que amenaza,
a unos diez centímetros debajo del ombligo.