martes, 19 de febrero de 2013

Una contradicción firmada con sangre en las paredes

"Del color del cristal con que se mire", de Rodolfo Garrido






















"No puedo soportar esta austeridad estoica de vivir. 
Ahora mismo me dejaría acariciar por cualquiera"
(Anaïs Nin, en Incesto)

No me regales más libros de inteligencia emocional.
Lo que yo quiero estaba escrito en las coplas de la Piquer
o en el qué te pedí de la Lupe.
No tenemos tiempo, no creas. No hay tiempo que perder
cuando es algo intangible y jamás poseído.
Solo ha de mandar ese impulso, la intuición vital,
ese agarrarte el brazo y traspasar la barrera
de lo socialmente establecido como prudente.
Siempre han existido portazos, cigarros compulsivamente
malgastados, dos corazones que impregnan de vaho una ventana.
No más sentido común, por favor. No más contención,
no más mejor no me mojo porque igual fracaso, mejor no me tiro
por si no hay paisaje al otro lado de tus ojos.
No más yo me conformo. Me protejo. Me aíslo.
Lo que yo quiero lo canta Sabina. Yo soy él pero sin su tono canalla
y su cigarro en la boca.
Lo que yo quiero está en los poemas de Lorca -pese a la tragedia-
la luna, el caballo, la navaja, la sangre derramada.
La gota de esperma que brilla en la baldosa de un pasillo en la penumbra
-los pies descalzos que no alcanzan el lavabo a tiempo. Tu risa de fondo.
Ojos de bambi me han llamado.
Será esa inocencia -ingenuidad- de querer esto que digo.
Una contradicción firmada con sangre en las paredes.
Pero con lengua.



domingo, 3 de febrero de 2013

Fíjate que me conformo solo con desaparecer

"naturaleza muerta", de alfonso antón















"¡Oye mi sangre rota en los violines!"
(verso de F. García Lorca)

Desaparecería.
En los brazos de ébano, o entre los que admiro
en este invierno de abrigo abierto y melena despeinada,
de otra estación donde busco la mirada nueva,
sería naturaleza. Tierra. Tú, la noche y lo escondido.
Me sorprende otra vez la sonrisa, el brillo en los ojos,
el pelo jugando con el rojo, mi cuerpo imán que traspasa
la febril muchedumbre del andén como un programa de matrix
que lanza destellos hasta que llego a tu encuentro y solo una chispa,
un papel que vuela, tal vez un mechón de pelo atolondrado,
son la prueba de que ha existido ese flash, aunque ahora te bese
distraída en la mejilla y no recuerde cómo mirar con mis ojos a tus ojos.
Todo esto llevo dentro. Junto a una foto de brazos entrelazados
paseando por la rambla. Tú con las manos en los bolsillos.
Yo simulando un aire despistado, como de hábito, de pertenencia,
de una historia detrás de nuestros pasos.
Tal vez si la vida fuera larga
nos daría para llenar armarios y besar a todos nuestros hijos.
Pero fíjate que me conformo solo con desaparecer, fundirme,
si los brazos de ébano -o los que admiro en este invierno
que camina hacia el sol- me estrechan como si la Tierra temblara
y nada hubiera a que agarrarse más que a mí.