lunes, 8 de julio de 2013

Algo ancestral hay en las mujeres que nos encadena


















Las generaciones nos encorremos.
Mamá me persigue y yo persigo a mi hija.
Las tres vamos hacia adelante en busca
de cosas distintas.
Redención. Plenitud. Sueños.
Ella me atrapa el jersey por la espalda y me obliga
a girarme. Sus labios preguntan: ¿estás feliz?
mientras sus ojos imploran clemencia.
Yo consigo que estalle el huracán de la mujer joven
sin respuestas. Mis labios dicen: este dolor pasará,
mientras mis ojos imploran clemencia.
Es el pecado original que corre por las venas.
La culpa de no ser perfectas. La difícil conjugación
de la mujer y la madre.
Hija y yo corremos y, preocupadas,
nuestros labios acarician a doble madre: no sufras, estamos
bien. Estamos.
Y nuestros ojos imploran clemencia.
Este maldito lastre que intento romper: deberíamos ser dueñas
de nuestra búsqueda. Acariciarnos con los ojos limpios.
Repetir la consigna que tal vez nos lleve a ser libres:
Yo (ser femenino) no he hecho nada malo.
No hemos hecho nada malo.

2 comentarios:

josefina dijo...

Bueno, es algo inevitable, siempre nos queda la duda de que en algo hemos fallado.un super besazo.
lo escribes tan bien

Anabel dijo...

El lobo de la culpa y la responsabilidad. Querer ser perfectas es agotador y, probablemente, no es el mejor ejemplo. Siempre dando en el clavo y partiendo la diana en dis. Muchos besos