domingo, 13 de octubre de 2013

Así mi queja sería un silogismo

Ilustración de Benjamin Lacombe


































"¿Para eso la hiciste descender de los cielos
para arrojarla a la más pérfida de las soledades?"
(Juan cuéntame, de Miriam Reyes)

Polvos compactos dos tonos más claros
-ojeras naturales, como el minicuerpo
con que piso de prestado, no muy convencida-
a ver si así
blanca
menuda
ejerzo de rebelde.
Como si renegara de un macho que en mi infancia
me hubiera cortado las alas. Un macho que recordara
borracho, egoísta, rojo como el vino.
Como si los penes que han vertido promesas
-semen primavera- dentro de mi cuerpo
hubieran llegado con las siete plagas.
Así mi queja sería un silogismo
y no una pose.

Solo si te revientan la cara, el pecho o los ovarios
te pone el tiempo un resorte que a su vez golpea
hombrecillos. Porque ya no hay hombres
nunca más.

Porque la puta simple ausencia
o la provisionalidad de los falos que he moldeado
no son motivo
para tanto cante jondo que corre por mis venas.

jueves, 10 de octubre de 2013

Apunte en torno a un informe DAFO* sobre mi propuesta de futuro cuerpo entregado

















Si entorno los ojos mi ombligo
parece una avellana.
Al principio era profundo
y guardaba claro el dibujo del nudo
hacia adentro con un puntito en medio,
flor de sonrisa vertical.
Los días que no podía atarme los zapatos
el punto central era una burbuja que rompía
la silueta redonda como si el vientre tuviera
nariz de payaso, lengua insolente o túnel de fuga.
Hoy la burbuja se esconde en la sonrisa,
ha borrado el nudo virginal del ombligo primero.
Me recuerda que la carne -como yo-
se alborota y se contiene.

(*DAFO: debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de un proyecto).

domingo, 6 de octubre de 2013

Dios debe de tener acciones en corporación dermoestética

Óleo de Edward Hopper
















"Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos".
(Tutaj, de Wislowa Szymborska)

Ahora que ya soy la mujer madura
que imaginé cuando odiaba mi cara
en el espejo,
sé que todo pasa.
Incluso la maldición eterna de una adolescencia
adornada con acné, hormonas descompensadas,
ridículos patrones del hombre fuerte y viril
y la mujer de ojos alelados que no miran de frente.
Y mucha soledad. Y la leche y las náuseas
de la mañana en la carrera escolar. Y la noche
a las seis de la tarde, bendita noche donde esconder
la cara y morirse
hasta la leche siguiente y el vómito.

Y la broma de los pelos que te salen en las piernas.
Para cuando haya matrias, me pido dictar los nuevos cánones:
que se inserte vello púbico en los ojos al imberbe y al lampiño.
A las chicas, que las dejen libres, con trenzas de colores
en las piernas y lazos en las axilas.
Y a las de los anuncios, que las echen al monte
con cien ovejas y un perro tuerto y pulgoso.

¿Qué mente perversa llena de imperfección
los sueños de una niña? Dios debe de tener acciones
en corporación dermoestética.

Todo pasa.
Te has podido pulir algunas taras,
sentirte a menudo esa mujer lela que cree oler la salvación
en la testosterona que te escupe que sí, que tú eres ella.
Has bailado la danza de la fertilidad.
Intuyes que morirse ha de ser natural como la fase expulsiva de un parto.
Sabes que el miedo entonces se suspende en el aire. Porque manda natura.
Crees que después no te echarás de menos. Como cuando duermes y sueñas.
Es así. No caben peros.
Todo pasa.
Excepto mi tendencia a la noche. Y mi odio a los espejos.