viernes, 6 de diciembre de 2013

Como los zapatos que me quito cuando llego a casa

"Eleven a.m.", de Edward Hopper


















No sé qué me ha pasado para sentir así.
Una no busca esta presencia obligada en las horas de sol.
Simplemente ocurre que un día te levantas y lo vivido
ha pasado a cobrar levantando polvaredas. Todavía me balanceo
y tengo las cervicales atascadas por algún mal gesto.
Sin pretenderlo sigo al hombre sabio: uso la mente solo
lo necesario -para repasar el cambio o si alguien me increpa,
tampoco quiero que me tomen por tonta.
Intento usarla poco. O usarla sin pensar. Como los zapatos
que me quito cuando llego a casa -porque me gusta liberar
a los pies y por evitar el ruido.
Puedo sintetizar hechos que marcan esta vida: era jovencita
y el vientre acogió una estrella -el padre dice que la vio bajar.
El padre siempre ha sido algo místico. Yo entré en trance
porque no me creía digna del milagro. El cuerpo de una mujer
es más increíble que cualquier trasto de última generación
con el que alguien juega e ignora estos versos.
A los veinte crees que un hijo es un bebé. A los cuarenta
descubres que es normal que lo creyeras.
Bajo a lo concreto y hago inventario de dolor: viene de la sangre
rota por la casa, del desorden, de dejar ir a las estrellas,
de las amigas tristes,
del hombre con mayúsculas que ya no me toca,
de la desconcertante sensación de entender poquitas cosas.

2 comentarios:

rodolfo dijo...

puro sentimiento

Felipe Sérvulo dijo...

Vengo poco por tu casa (lo siento), pero cuando vengo me arreglas el día. Abrazos.