miércoles, 19 de marzo de 2014

Retrato bañado en gin una noche de luna llena




Luna llena de marzo.
Miro de reojo las manos, los ojos y los labios.
Los amantes no saben a qué sabrá su ausencia.
Tal vez a este gin que me refresca el vacío
que habita no en el estómago, sí en el espacio
entre yo y el hombre que no me toca.
El que yo quiero es el que me mira
y comprende y perdona y resiste
y le parezco simplemente
preciosa
hoy.
Y yo he de coger aire
cuando estoy a su lado
porque no me siento suficiente mujer para ese cargo y,
sin embargo, todo a mi paso se empapa de mi olor
a hembra. Yo miro hacia arriba, siempre alto, muy alto
cuando de ponerle nombre a su presencia se trata.
El que yo quiero no es maquiavélico
ni necesita ponerme a prueba
ni he de hacerle reír cuando me muero de cansancio
y me deja notas, ¡sí!, porque un día fui adolescente
y no superé mi hambre de cursilería y romanticismo.
Él lo sabe y no le importa

no me resta puntos por mi supuesta debilidad
y desaparece, con una sonrisa escondida, si me pilla
mirando telebasura.
Él lee o no lee, tiene un silencio tranquilo,
que es cuando alarga su mano y me acaricia, distraído,
mientras conduce.
No es perfecto. A veces no le aguanto.
A veces no se parece en nada a él.
Pero eso no es problema:
yo tengo una difícil convivencia conmigo misma
y no por eso dejo de levantarme cada día
para aprender a quererme un poquito mejor.

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