domingo, 26 de julio de 2015

Después de "Primaria, decisiva e inaprensible"

Tengo entre manos el último poemario de Marian Raméntol. Soy incapaz de traducir todo lo que leo. Por tanto, leo intuitivamente. Como quien escucha música o una ópera. Observo mi cuerpo. Los músculos tensos. El corazón expectante. Tengo sangre. Tengo vísceras. Oigo el aire. Recuerdo que existe el barro. Es más, lo reconozco. Marian no obvia nada. Proceso, por ejemplo, impresiones como estas:

La vida –y la muerte- es todo lo que tenemos.

“La vida es una cámara de gas”
“y la muerte es el beso que abre su vagina”.

No hay resistencia. La carne –que es lo que somos- y el exterior –la naturaleza, el cosmos, todos los elementos- interactúan y, a menudo, se funden o se confunden (“Lentamente, me piensan los sonidos”). Y la vida que soporta la carne produce a menudo un dolor que sentimos en los versos.

“No sé cómo seguir subiendo
con el mundo agarrado a mi nuca”.

Y, sin embargo, quien escribe los versos (en adelante QEV) acepta el choque con la vida, no rehúye:

“Veo el muñón de las alas, la luz suicida
que trepana la inocencia y nos convence
de que es mejor subir a mordiscos por la sangre
que bajar los escalones del silencio”.

Y alguien como yo, la que se atreve a compartir mis impresiones después de Primaria, decisiva e inaprensible, puede perderse en el yo y en el tú de los versos y en intentar adivinar identidades (“me oigo arrojando la luz inservible del crespúsculo”). Es la propia QEV quien escribe “como si yo fuera otra”, por ejemplo, o nos habla de nombres, de los nombres:

“mientras subo despacio por las resonancias
imposibles de mis nombres”.

Y nada más empezar, me quedo bailando con tres versos del primer poema:

“Cuando los dioses bajan demasiado la voz
yo sigo manteniendo el equilibrio
sobre los nombres”.

Si sigo así no acabaré nunca esta reseña. Avanzo.

Aquí huelo a soledad y la humedad empieza a hacer estragos en mis huesos también. El lodo, el barro, los pantanos, el limo (bonita palabra)… “este mausoleo de sombras y rostros finales” donde todo “se viste de musgo riguroso”. Me ha encantado, vestirse de musgo riguroso. Y sí, ya sé que nunca hay que decir que un libro es muy bonito o que me ha encantado sin más, pero esta reseña es mía y me apetece.

Qué más. Ah, sí!. Los colores.
QEV me habla del azul y del verde con cierta frecuencia, de algún morado. Me pregunto por “el azul capaz de matar”, “los azules que nunca respiran”, ”los besos de azul inexplicable”. Qué pasa con el verde, que puede quedar “definitivamente enmohecido”, “los verdes proxenetas”, “la soledad del verde”.


En cuanto a la muerte, morirse se hace casi transitivo. QEV no muere, la mueren, o mejor dicho, mueren partes de QEV:

“nos mueren las manos, nos lloran los ojos”.

“ese aroma de sombra nocturna
que siempre me muere y me anuda
al final de mi cuerpo”.

Es esa muerte igualadora que me lleva a las coplas de Jorge Manrique, por ejemplo. QEV nos dice que “las tumbas abren sus labios para todos”. Como he dicho al principio, no deberíamos olvidar -QEV es insistente-  que vida y muerte es lo que tenemos. No hay una sin otra. Es lo natural, QEV dice:

“Y no seré yo quien frustre
la arrogancia de la muerte
cuando es sabia y ordenada”.

Insisto, vida y muerte vienen y van, aquí está nuestra carne que las padece y las sufre. QEV nos increpa:

“no, no hay remedio, creedme
seguiremos siempre bajo la tortura
de las hipodérmicas agujas de las margaritas”.

QEV tiene su opinión sobre la verdad en este tiempo. Genial metáfora:

“Muero en los arcenes, me mata este tiempo
manipulado donde la verdad aborta en los árboles
y el aire nos mira remotamente”.

Un tiempo en que la palabra anda perdida:

“Tiene la misma credibilidad
que una bailarina de ballet
exudando el hollín de los mineros,
empapada en el sexo de los muelles
que han perdido el talento para el roce”.

Magnífico encabalgamiento de metáforas. Mis músculos siguen tensos. El aire cargado de mis suspiros profundos.

Porque si algo sabe QEV es idear metáforas geniales, de fuerza desmedida, de contenido imposible de asociar por los simples mortales (“tardes de amianto en la pupila de los peces”).

QEV se nos presenta en PRIMARIA, “infinita, perfecta y con la sangre cansada”. Es en DECISIVA donde apunto cómo amanece QEV tantas veces: “deshecha, contaminada, musgosa”. Para afirmar, en INAPRENSIBLE, su renacer como “primaria, decisiva e inaprensible” que cierra el poemario. Eso sí, “sobre la sombra de mi muerte”, siempre atenta, entiendo que consciente.

Vida y muerte sin huida a ningún sitio. En cualquier caso, eso sí, para QEV:

“Cada pequeño verso es una habitación
donde mi sangre descansa”.



PD: después de Primaria, decisiva e inaprensible leeremos, por ejemplo, a Raúl Zurita, a Antonio Gamoneda o Vicente Aleixandre, por ejemplo. A Leopoldo María Panero o a Luis Felipe Comendador en su bitácora. A Espriu, a Rosales...

2 comentarios:

josefina dijo...

Muy complicado para mi, lo que he me pone espesa. Estoy segura que si hubiese nacido en otros tiempos me hubiese gustado escribir.
Un besito guapa

josefina dijo...

Queria decir lo que he leido